Me libero del adiós.

Nunca me habían hablado de la muerte, llegó sin avisar a casa un 7 de noviembre de 1991 o tal vez era 8 de noviembre, ya pasaba la media noche cuando me hablaron de ella, no sé si fue ella la  que se metió en mis sueños o fue mi papá que venía a despedirse o tal vez sólo era intuición.

Mi papá, que no fue el mejor papá ni el mejor esposo, pero era mi papá, tenía una personalidad talachera, le encantaba comprar cosas en los tianguis para componer, sus manifestaciones amorosas nunca fueron muy expresivas, tal vez por eso a mí me encanta desbordar las emociones y decir los te quieros sin tapujos.

Ese 7 de noviembre usé una grabadora que había arreglado y se descompuso y digo se descompuso porque no me queda claro si hice algo más, tenía miedo de que regresara, la noche llegó y con ella él llego  a mis sueños y no me regañó, me abrazó y se esfumó cuando me despertaron, nos despertaron.

Solía soñar despierta todo el tiempo, por eso aveces confundo un poco mis realidades, pero las cosas que asevero en la vida son porque no hay manera de negar que lo vi,  lo leí, lo viví, y esa noche él vino a mis sueños, tal vez lo invité al darme cuenta de el  enorme alboroto y la prisa que los adultos tenía esa madrugada para salir, algo no se sentía bien.

Nunca me hablaron de la muerte, incluso hasta esa madrugada del 8 de noviembre, mis referencias eran las historias tristes de las novelas del canal de las estrellas,  a los 14 años era algo ingenua pero podía entender qué pasaba cuando alguien muere.

“Tú papá murió” y lo primero que me vino a la mente fue, “yo quería que no llegara para que no me regañara”, ese 8 de noviembre en la escuela  nadie vino a acercarse y explicarme, sólo sabía que él ya no estaba.

¿Cómo puede en un segundo alguien ya no estar?, cómo una herida puede hacer que ese cuerpo ya no funcione, ya no abrace, ya no ría, ¿cómo se esfuma la vida así?, tan fácil. Yy seguían sin hablarme de ella mientras no entendía cómo ése al que amaba se había ido sin despedirse.

Lloraba, por momentos se me olvidaba y después lloraba otra vez, tardé en entender que lo de papá no fue mi culpa, pero él se fue sin despedirse, tal vez por eso me cuesta trabajo aceptar los adioses, no me gustan, no me gusta despedirme  de la gente que amo o he amado, es un tema que en terapia me niego a trabajar, porque no me gustan los adioses y aunque los he tenido no me gustan si tuviera que elegirlos.

Foto: Ricardo López
Foto: Ricardo López

Pero creo que para poder soltar la  angustia que me provocan las despedidas debo despedirme de tu ausencia intempestiva y seguir, porque tú adiós me tiene atada a historias que no me dejan crecer y para que eso pase hoy debo soltarte, despedirte y avanzar.

Adiós papá, la verdad me sorprende que me duela  el alma, creí que después de casi 30 años ya no dolías, pero era porque no aceptaba que te hubieras ido sin despedirte, sin mi oportunidad de decirte adiós; hoy lloro como hace casi 30  años tu partida y le sumo mis muchas historias inconclusas ligadas a estas ganas de no perder a la gente que amo.

Al despedirte hoy me libero de mi incapacidad para soltar.

Te amo y adiós.

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